miércoles, 30 de enero de 2008

LA GUERRA CON ESPAÑA

LA GUERRA CON ESPAÑA





La primera pregunta que parece pertinente formular a propósito del conflicto entre el Perú y España puede referirse a las intenciones que abrigó entonces el gobierno de su Majestad Católica. ¿Qué pretenden a las alturas de 1862, casi cuarenta años después de Junín y Ayacucho los Ministros de Isabel II al enviar a las costas de América del Sur una buena parte de su flota de guerra con el nombre de “expedición científica”?

¿Se trata, acaso, de una excursión militar semejante a la que llevó a Napoleón hasta Egipto, y que también fue disfrazada o acompañada con séquito de sabios, investigadores y eruditos?

¿Se pretende, por aventura, restaurar el dominio de España en América, y devolver a la corona de Isabel II las joyas que había perdido la corona de Fernando VII?

¿Se busca, más limitadamente, reafirmar la presencia de España en el Nuevo Mundo, y someter a los nuevos países americanos a una especia de protectorado o tutelaje ejercido desde Madrid?

Antes de procurar respuestas a tales preguntas, vale la pena anotar que, de parte de los habitantes de América, eran legítimos y parecían fundados todos los temores respecto de la presencia en nuestras aguas, en son de guerra o de simple amenaza, de los navíos españoles.
Por esos mismos años, España había alentado y seguramente ayudado a organizar la expedición del General Juan José Flores, quien se proponía devolver el Ecuador a la corona española, o bien instaurar allí un trono para algún príncipe europeo.

Por esos mismos años, en la más descabellada aventura del Segundo Imperio, Napoleón III interviene brutalmente en México y le asigna como Emperador al desdichado Maximiliano de Habsburgo.
Por esos mismos años, la guerra civil en que se hallan envueltos los Estados Unidos les impiden poner en vigor la llamada Doctrina de Monroe con lo cual se abren las puertas del Hemisferio, por así decirlo, para el intervencionismo de las potencias europeas.
Cuando se informa en Lima que la expedición científica ha zarpado de puertos españoles, el Presidente de la República y Gran Mariscal don Miguel San Román pide al Congreso facultades extraordinarias para incrementar la Marina de Guerra. El Congreso las rehúsa. El incidente prueba que el Ejecutivo es clarividente; y el Congreso, imprevisor.

¿Quería España de veras deshacer la independencia?
La presunción parece excesiva. La crítica histórica aconseja descartarla por las siguientes razones, entre otras:

a) la expedición científica no incluía transportes con tropa. ( se calcula que la fuerza de desembarco no pasaba de 3 mil hombres).
b) Una flota de guerra es, de por sí, instrumento bélico insuficiente para intentar la conquista de tierra firme. Puede servir para hostigar la costa, pero no para ocupar el continente.
c) En las instrucciones impartidas al Almirante de la Escuadra se ratificaba el respeto de España al hecho consumado de la emancipación.
Pero, si España no intenta o no está, a la sazón, en condiciones de intentar la reconquista, sí es evidente, en cambio , que se propone efectuar en América una demostración de fuerza bien sea para proteger la vida y la propiedad de los súbditos españoles avencidados en esta parte del mundo, como dicen las instrucciones, bien sea para amedrentar a los nuevos países, bien sea para reducir a éstos a una más o menos disimulada condición de vasallaje.
Los barcos españoles traen instrucciones de aprovechar cualquier incidente para entablar, de inmediato, la reclamación más enérgica. Casi pudiera decirse que traen instrucciones de provocar los incidentes.
A Don Eusebio Salazar y Mazarredo, inspirador del envío de la expedición científica, funesto personaje que tan decisiva intervención tendrá en el ulterior curso del conflicto, se le ha ocurrido, como a todos los españoles, que España debe recuperar Gibraltar. Se le ha ocurrido, además que España puede pagar, en dinero constante y sonante, la recuperación de Gibraltar. Se le ha ocurrido, por último, que el dinero para el pago puede provenir del guano amontonado en las islas y el litoral del Perú.
Para el concepto de Salazar y Mazarredo, por lo menos –según explica en carta dirigida a don Joaquín Francisco Pacheco, Ministro de Relaciones Exteriores en el Gobierno de Isabel II -, los barcos españoles vienen, en 1862, a apoderarse de nuestros yacimientos guaneros.
Presente ya la Escuadra española en aguas del Pacífico, para decirlo con exactitud, cuando ya había sido recibida en el Callao y había partido con rumbo a Panamá y Acapulco, ocurre el incidente que la titulada expedición científica tenía, prácticamente, el encargo de buscar o provocar y, en todo caso, de explotar al máximo.
Es, como todo el mundo sabe, el incidente de Talambo. En la hacienda de ese nombre, ocurre una riña, a resultas de la cual quedan heridos o muertos algunos trabajadores de nacionalidad española. El Almirante Pinzón, Jefe de la Escuadra visitante, regresa al Callao. España interpone la consabida reclamación diplomática.
Quien se va a encargar en persona de interponerla es el tristemente célebre Salazar y Mazarredo, a quien el Gobierno de Su Majestad Católica acredita como “Ministro residente en Bolivia” y, además, como “Comisario Especial Extraordinario de España en el Perú”. Ya está Salazar y Mazarredo en el primer plano de la escena y en el papel que pretendían su vehemencia, su fatuidad y su infinita capacidad para la intriga.
El Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Juan Antonio Ribeyro, acepta a Salazar y Mazarredo como agente del gobierno de Madrid, pero opone reparos al título de “Comisario”, pues solía llamarse “Comisarios Regios” a los que el monarca español enviaba a sus colonias, Salazar y Mazarredo se da por rechazado; escribe a España con las informaciones más temerarias y alarmistas; por último, convence al Almirante Pinzón de desembarcar en las islas de Chincha y ocuparlas. De allí, pensaba tan curioso personaje, extraer del dinero para pagar al contado, a Gran Bretaña, la recuperación de Gibraltar.
El 14 de abril de 1864 se produce la ocupación de las islas de Chincha. España repite su respeto al Perú como Estado soberano, y aún declara que la ocupación de las islas no tiene propósito reivindicatorio. Se trata, en suma, nada más que de tomar una prenda para exigir y obtener del gobierno peruano amplia satisfacción. En condiciones harto difíciles, con afrenta para su dignidad y con mengua para su patrimonio, el Perú ingresa en el conflicto. No es todavía la guerra; pero ya se está, todo el tiempo, al borde mismo de ella.
Los motivos del Perú
Si España no pretende restaurar su dominio en América ni establecer el virreinato del Perú, aunque si se propone exhibir su fuerza y reducir y humillar a nuestro país, sabe Dios con que proyecciones, ¿Cuáles son, en cambio las razones, los motivos, los móviles que determinan la conducta del Perú? Esa es la segunda pregunta que parece pertinente formular a propósito de la guerra de 866 entre nuestro país y la Madre Patria, a quien por entonces Ricardo Palma llamaba traviesa menté “La Madrastra”.
El Perú no es el agresor sino, por el contrario, el agredido. No es el que envía la escuadra sino el que la recibe. Es su territorio, en parte, aunque sólo sea mínimo, el que ocupan los españoles. El Perú exige, antes que nada la devolución de las islas. Por añidadura, el sentimiento nacional insiste en que la devolución de las islas se haga de modo tal que se compatible con el honor de la República, vale decir, con previo saludo a nuestra Bandera por parte de los ofensores. En una palabra, se ha planteado una cuestión de honra. Es bien sabido que una cuestión de honra planteada entre españoles y descendientes de españoles no tiene –probablemente- no puede tener en definitiva – una solución pacífica que sea mutuamente aceptada como decorosa.
Ahora bien: ¿cómo ir a la guerra si el país no está preparado para la guerra, si meses atrás el Congreso ha rehusado al Presidente San Román facultades extraordinarias para incrementar la Marina? ¿Cómo aceptar una paz vergonzosa? El gobierno no puede hacer la guerra, y el país no le permitiría hacer la paz. ¿Cómo convencer a los españoles para que desocupen las islas, y a renglón seguido saluden el Pabellón Bicolor? ¿Cómo tratar siquiera con los españoles en tanto ocupen una parte del territorio nacional? El gobierno no tiene libertad ni para negociar. Se expone el terrible reproche de la traición. De estas contradicciones insalvables será víctima el gobierno del general Juan Antonio Pezet, quien ha sucedido a San Román, por muerte natural de éste, en la jefatura del Estado. No es, por cierto, de las menores ironías de nuestra historia aquella que el propio Pezet subraya melancólicamente años más tarde, cuando dice que los cañones que defendieron al Callao el 2 de Mayo fueron comprados en Europa por el gobierno que Pezet mismo presidía.
El Perú se defiende. Defiende su honor. Defiende la integridad de su territorio. Cuando avancen los acontecimientos, la conciencia nacional advertirá que no se trata ya solamente de negar una satisfacción a España o de rehusarse el pago de una suma indemnizatoria, sino que se trata, para el Perú, de encabezar una coalición americana, de rechazar toda pretensión de tutelaje, de consolidar así la obra de la emancipación y de colocar una posdata irrevocable al pie de los resultados de Junín y Ayacucho. Será esa la jornada más alta de nuestra historia republicana. Su hora más gloriosa: el 2 de mayo de 1866.


La paz o la guerra
A partir de la abusiva ocupación de las islas de Chincha, por la escuadra que comanda el Almirante Pinzón, la diplomacia peruana se mueve, verdaderamente, al filo de la paz o de la guerra.
Ya hemos explicado que el gobierno del Perú carecía de los elementos necesarios para contestar la fuerza con la fuerza, tal como hubiera querido el sector más emotivo y exaltado de la opinión pública.
Tampoco podía hacer la paz. Los españoles no estaban dispuestos a conceder una paz a gusto de la opinión peruana. La opinión peruano no iba a consentir una paz a gusto de los españoles. De intentarla, el gobierno habría cavado su propia sepultura. En tales circunstancias, al Perú no le queda más remedio que negociar, pero no abiertamente sino casi clandestinamente, dilatar, deferir, tan pronto sugerir como rechazar mediaciones diplomáticas. No le queda, en suma, más remedio que ganar tiempo en tanto llegan de Europa los buques y pertrechos encargados por el patriotismo previsor del Presidente Pezet.
A esa línea de conducta, a esa angustiosa batalla contra el tiempo, se ajusta el gobierno de Pezet, cuyo Ministro de Relaciones Exteriores es el propio Presidente del Consejo: don Juan Antonio Ribeyro.
La prudencia de Ribeyro parece excesiva. En la Cámara de Diputados se admite a debate un voto de acusación al Gabinete por el delito de “traición a la confianza pública”. Los Ministros se sienten moralmente obligados a dimitir, aunque constitucionalmente no lo estuvieran.
Al Gabinete de Ribeyro le sucede el presidido por el Senador don Manuel Costas. Ministro de Relaciones Exteriores de la nueva combinación es Toribio Pacheco, el ilustre jurisconsulto y combativo periodista, ex director del “Heraldo”, desterrado por Castilla en su segundo gobierno, Secretario del General Vivanco en la revolución de 1856.
A la sazón, otro Pacheco, -don Joaquín Francisco- ex Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de España. Aparte de la similitud del apellido, ocurre que ambos son jurisperitos, si bien el Pacheco peruano prefiere el Derecho Civil y el Pacheco español prefiere el Derecho Penal; y que ambos son escritores, si bien el Pacheco peruano se expresa siempre en prosa y el Pacheco español suele expresarse en verso. Por eso, a raíz del nombramiento de Toribio Pacheco como canciller, “ El Murciélago” de Lima, Manuel Atanasio Fuentes , dice festivamente
Pacheco, el criminalista,
El de la musa melosa,
Tendrá que entender en prosa
Con Pacheco el civilista
Toribio Pacheco no pertenece al sector de los blandos. Por el contrario, ha sido llamado al gobierno precisamente por que se cuenta entre quienes exigen, por parte del Perú, una actitud levantada y digna en el conflicto con España. Sin embargo – dicho sea en honor de Juan Antonio Ribeyro - , el nuevo Canciller nos e aparta del rumbo de moderación trazada por su antecesor.
En el Congreso , Pacheco declara que, como ciudadano particular, no vacilaría de inmediato en lavar con la fuerza la afrenta hecha al Perú, pero como hombre d Estado, tiene que proceder con mesura para no comprometer los intereses nacionales. Tal declaración se produce en sesión secreta. El acta correspondiente ha sido encontrada por Jorge Basadre. De ella, aparece también la polémica que el joven Ministro de Relaciones Exteriores (36 años apenas) sostiene con nada menos que el Presidente del Senado, don Ramón Castilla.
Si en el Perú de entonces había partidarios de la guerra y partidarios de la paz, el primero de los partidarios de la guerra es Castilla. El vencedor de Yungay es celoso defensor del honor nacional. Abomina de cualquier transacción. Se opone a toda componenda. Al instalarse el Congreso ordinario de 1864, y después del mensaje del Presidente Pezet, Castilla, desde la presidencia del Senado, toma intempestivamente la palabra e insinúa que si el Ejecutivo no adopta las medidas que la situación impone, el Congreso, como el “primero de los poderes públicos”, se encargará de dictarlas.
Esa misma vehemencia perderá políticamente a Castilla. Cuando el Presidente Pezet opte por un curso de acción todavía más conciliador, y despida al Gabinete Costas, y negocie con los Españoles, Castilla, a despecho de su investidura senatorial, será desterrado. Se le enviará hasta Gibraltar en un buque contratado por el gobierno peruano. La revolución perderá su cabeza, pero estallará de todos modos. Alejado Castilla, en Europa, no tendrá intervención en las jornadas del 2 de Mayo.
Entre los partidarios de la paz, los que reputan excesivo el riesgo de una guerra en manifiesta desigualdad de condiciones, se cuenta el General Manuel Ignacio de Vivanco. Se cuenta también un joven y hasta entonces desconocido periodista, Nicolás de Piérola, sostenedor infatigable del Presidente Pezet. Una vez más han estado frente a frente -contrapuestos en la concepción de la política nacional y del interés del Perú- los grandes rivales de siempre : Castilla y Vivanco.
Es Vivanco quien suscribe el Tratado de Paz que lleva su nombre y el del Almirante Pareja, sucesor de Pinzón en el comando de la Escuadra española. Por el Tratado, España se allana a devolver las islas. Está satisfecha así la principal demanda nacional. Pero nuestro país se obliga a pagar una indemnización pecuniaria. Por lo demás, habrá saludo simultáneo y recíproco para la Bandera española y para la nuestra.
El tratado se suscribe el 27 de enero de 1865. Aparentemente, el conflicto ha sido superado. Pero el país no acepta las estipulaciones acordadas por Vivanco y refrendadas por Pezet. El 28 de febrero del mismo año estalla en Arequipa la revolución que acaudilla el Coronel Mariano Ignacio Prado.
La Revolución de 1865
No el simple pronunciamiento de un caudillo, ni menos un cuartelazo, ni tampoco un golpe de estado, institucional o de otra variedad, sino una rebelión auténtica, de vasto y profundo contenido nacional, y de la más vigorosa entraña popular, fue la revolución de 1865.
El 28 de febrero de ese año, el pueblo de Arequipa, reunido en la plaza de Armas, ágora o foro de sus inquietudes cívicas y de sus comicios tumultuosos, encendió, como tantas otras veces, la chispa revolucionaria al desconocer la autoridad constitucional del Presidente de la República, General Juan Antonio Pezet.
Domingo Gamio, célebre agitador arequipeño como el Deán Valdivia, fue el inspirador revolucionario; y su jefe militar el propio Prefecto del Departamentos, Coronel Mariano Ignacio Prado. Todavía en el segundo gobierno de Castilla, Prado había sido llevado a la Prefectura de Arequipa, en 1858, al término de la guerra civil que dos años antes inició Vivanco. Prado asumió entonces y supo desempeñar la difícil y delicada misión de restañar las heridas de la ciudad Blanca, que había sido capturada, a sangre y fuego, por las tropas de Castilla, y en seguida degradada, bien que por corto plazo, en su condición de capital del departamentos. Más tarde, Pezet lo nombró Prefecto, primero de Moquegua y, en seguida, de Arequipa.
En realidad, sin embargo, la revolución del 28 de febrero no respondió al designio aislado circunscrito de un hombre o de un grupo de hombres. Venía a ser, antes bien, la expresión multitudinaria y fervorosa de un clamor nacional e inaplazable. Con razón o sin ella, el país creía, más allá de todo posible debate, que el gobierno de Pezet se había conducido de una manera débil a y vacilante frente a las pretensiones abusivas de la Escuadra destacada por España en aguas del Océano Pacífoc, y que el Tratado Vivanco Pareja, suscrito precisamtne para poner fin al diferendo, acarreaba mengua y ultraje para el honor de la Nación. Aparentemente, no quedaba otro camino, sogre todo en aquella época tempestuosa, que el derrocamiento del gobierno.
La revolución se propaga rápidamente, como la mejor prueba de su arraigo popular. El primero de marzo, Moquegua se suma a la causa de Arequipa. El cuatro, lo hace Tacna. El nueve, Puno y Cuzco enarbolan también el pabellón revolucionario. En abril, se subleva en el Norte el Coronel José Balta.
La onda revolucionaria del Sur, con origen en Arequipa, y la onda revolucionaria del Norte, con origen en Chiclayo, convergen hacia Lima. Pocos años mas tarde, ese movimiento de pinzas, iniciado en Arequipa y Chiclayo, se repetirá contra el régimen que encabece, con el título de Presidente Provisorio, el mismo coronel Mariano Ignacio Prado, los pueblos arequipeño y chiclayano se han dado la mano, de un extremo a otro del territorio, para abatir al gobierno de Lima. Pocas son las revoluciones que acusen la espontaneidad y cobren la patriótica vibración que acusó y cobró la de 1865.
Pocas son, verdaderamente, en nuestra historia, las revoluciones que merezcan el nombre de tales. Pueden contarse con los dedos de la mano; antes de la de 1865, la de 1854 contra el gobierno de Echenique, iniciada también en Arequipa; y décadas después, la de 1865, epopeya que reunió bajo el mando de Piérola, a civilistas y demócratas, adversarios hasta entonces implacables, para el objetivo común y superior de derribar la tiranía e implantar el Estado de Derecho.
El problema que plantea la inevitable rivalidad entre Prado y Balta, se resuelve con la incorporación al bando revolucionario del propio segundo vicepresidente de la República, General Pedro Diez Canseco, quien precisamente, en razón de su investidura, da a la revolución una cierta aureola constitucional y confirma, en todo caso, su carácter plebiscitario. El 6 de noviembre cae Lima. La Capital queda momentáneamente desguarnecida. Las tropas revolucionarias “huaripampean” a las del gobierno, ingresando a Lima en ausencia de éstas, tal como harán años más tarde las tropas de Cáceres con las de Iglesias. El Presidente Pezet busca refugio en un barco surto en la bahía del Callao.
Pezet fue víctima de las circunstancias. Hoy tenemos la serenidad suficiente para proclamarlo. No le corresponde ciertamente el adjetivo de traidor. Tan horrorosamente criticado entre nosotros. Nos corresponde a Pezet, ni antes a Riva Agüero, ni a Torre Tagle. Pezet creyó que su debe no arriesgar el peligroso conflicto con España, y buscar la solución pacífica que aportaba, sin duda, el Tratado Vivanco Pareja. Entre tanto, ganó tiempo, y armó al país. El gobierno de Pezet adquirió en Europa, entre otros buques, el monitor “Huáscar” y la fragata “Independencia”, y justamente los cañones que habían de servir para la defensa del Callao el 2 de Mayo. Triunfante la revolución, asume el mando Diez Canseco. Pero por pocos días. El pueblo en la plaza de Armas proclama la dictadura de Prado.

El Gabinete de los Talentos

Al coronel Mariano Ignacio Prado, en su flamante calidad de Dictador, otorgada por el pueblo mismo en comicios celebrados el 26 de noviembre de 1865 en la Plaza de Armas de Lima, rodea la más brillante constelación ministerial de nuestra historia.
Es el Gabinete al que suele llamarse “todos talentos”, en recuerdo de un Gabinete inglés que mereció el mismo apelativo. Todos son talentosos, en efecto: José Gálvez, el Ministro o Secretario de Guerra; Toribio Pacheco, el de Relaciones Exteriores; Manuel Pardo y Lavalle, el de Hacienda; José Simeón Tejeda, el de Justicia e Instrucción; y José María Químper, el de Gobierno.
Para encontrar en nuestra propia pericia republicana, un Gabinete tan ilustre y conspicuo como el de la Dictadura, habría que remontarse al que acompañó al Supremo Director Manuel Ignacio de Vivanco. Figuran en él los nombres prestigiosos de Felipe Pardo y Aliaga, el gran humanista y afortunado poeta satírico; de Andrés Martínez, autor principal del primer código civil; y de Pedro Antonio de La Torre, también notable jurisconsulto arequipeño, próximo pariente de Francisco Javier de Luna Pizarro.
Desde el radicalismo apasionado y fervoroso de José Gálvez y el liberalismo doctrinario de Químper y Tejeda y en cierta medida, del propio Manuel Parado, no obstante su procedencia aristocrática, hasta el reconocido y sólido conservadurismo ilustrado de Pacheco, quien ha combatido a Castilla como director de “El Heraldo” , y ha servido como Secretario a Vivanco en la revolución de 1856, desde la izquierda hasta la derecha, pudiera decirse que el pensamiento vivo del Perú, en todos sus grados, en sus tendencias más diversas, está representado en el Gabinete de la Dictadura.
Son jóvenes los Ministros de Prado. Son intelectuales. Son soñadores. Son patriotas. Pertenecen a la segunda generación republicana, la que sigue a la generación de los fundadores de la Independencia. A ellos toca ratificar, consolidar, reafirmar la obra de Junín y Ayacucho. Son hombres de pensamiento que se lanzan sin vacilación a la acción, y se comprometen y consagran a ella. Lo hacen a ojos cerrados, intrépidamente , porque la hora es de peligro, porque la Patria lo exige, y porque saben que las virginidades impolutas, que suelen esgrimirse como pretexto poco viril de la abstención, son muchas veces nada más que la disculpa de la impotencia.
Gálvez da el nombre al Gabinete. Es el discípulo rebelde de Bartolomé Herrera en el Convictorio de San Carlos. Es el maestro y apóstol del Colegio Guadalupe. Es el ideólogo que junto con su hermano Pedro, suministró contenido de doctrina a la revolución de 1854. Es el tribuno elocuente de la Convención de 1856.
Pacheco, escritor periodista, revolucionario si hace falta es, sobre todo jurisconsulto. Ha traído de Europa el bagaje de una cultura superior. Es quien comenta, por la vez primera nuestros textos constitucionales, y quien se encargará, asimismo, de comentar el código civil, con una elegancia en el análisis que podría inscribirse al pie de las Pandectas.
Manuel Pardo es el hijo primogénito de Felipe Pardo y Aliaga. Se estrena a la vida pública como Ministro de Hacienda, según ocurrirá años más tarde con Nicolás de Piérola, su rival insigne, en el gobierno de Balta. Será el fundador del Partido Civil. Será el primero de nuestros Presidentes que no ostenta carretas. “Sois el único a quien los pueblos han elevado al mando supremo sin el apoyo de los bayonetas; estáis colocado, señor, a la cabeza de una época”, le dirá , al entregarle la banda presidencial el Presidente del Congreso José Simeón Tejeda, su compañero en el Gabinete de la Dictadura.
Químper y Tejeda son, también como Pacheco, hombres de derecho. Son peritos de la ley son jurisperitos, a quienes las dramáticas circunstancias han puesto en el difícil transe de quebrantar la ley, de salirse del marco de la Ley, para instaurar la dictadura y colaborar con ella, pues es verdad que en contadas ocasiones, han de callar las leyes para cumplir las leyes mismas, según la recia fórmula que acuñó Manuel Lorenzo de Vidaurre, en el primer gobierno de Gamarra.
Cada cual cumplirá con su deber, como requirió Nelson a los marinos ingleses en Trafalgar. Bajo la dirección del Jefe Supremo, Coronel Mariano Ignacio Prado, Gálvez organiza la defensa contra el inminente ataque de la Escuadra española; Pacheco saca al Perú de su aislamiento diplomático; y Pardo consigue los recursos necesarios para financiar el esfuerzo bélico. Sin incumbencia tan directa en los preparativos militares ni en la orientación de la diplomacia, Químper y Tejeda se lanzan, en las carteras de su cargo, a una valerosa obra de saneamiento y de reforma. Por eso, Basadre compra con razón la infatigable actividad administrativa de la dictadura con la que se cumplió bajo el Directorio de Vivanco y bajo el gobierno de Santa Cruz.
Galvez dirige las obras de fortificación en el Callao. Diríase que prepara el magnífico escenario donde el Perú va a defender su integridad y su honor, y donde el Secretario de Guerra ofrendará la vida.
Pacheco declara la guerra a España, suscribe la alianza con Chile, y obtiene que a ella se sumen Bolivia y Ecuador. De tal modo, la escuadra agresora no tiene dónde aprovisionarse desde Chiloé hasta Guayaquil. El secretario de Relaciones Exteriores explica ante el mundo los motivos del conflicto y las altas razones que inspiran la conducta del Perú. Las notas de Pacheco, al decir de Basadre, han quedado como modelo de literatura diplomática. A su turno, Pardo antepone el interés público al privado, defiende celosamente al Fisco contra los consignatarios del guano, y consigue, en la situación más apurada, el dinero que hace falta para pagar buques y armamentos.
El Perú está servido por sus hijos mejores. El Perú afirma la supremacía naval en el Pacífico. El Perú encabeza por vez primera en la historia de América, una cuádruple alianza. El Perú espera, a pie firme, el ataque. El Perú se dispone a repeler la agresión el Perú defiende no sólo su causa sino la causa de todo el continente.
Abtao y Valparaíso
El almirante Pinzón es el Primer Jefe de la expedición científica que España envía a las costas de América. Es quien, atendiendo sugestiones de Salazar y Mazarredo, dispone la ocupación de las Islas de Chincha.
Empero, Pinzon es hombre mesurado, que finalmente, descubre y desaprueba la felonía de Salazar y Mazarredo. En Madrid, se le acusa de debilidad. El gobierno de Isabel II dispone entonces su reemplazo por el General José Manuel Pareja, hasta hace poco Ministro de Marina.
Pareja suscribe el Tratado que lleva su nombre y del General Vivanco. El conflicto parece liquidado. El jefe de la Escuadra española está a punto de poner proa, rumbo a Europa, con un claro triunfo diplomático en el bolsillo. Desembarca, en son de paz, la marinería en el Callao. La multitud ataca en tierra furiosamente a los marineros. Tal es el estado de ánimo de la opinión pública que cristaliza con la revolución de Arequipa del 28 de febrero de 1865.
Cae Pezet. Triunfa Prado. Se establece la dictadura. Chile y el Perú declaran la guerra a España. La goleta chilena “Esmeralda” captura la goleta española “Covadonga”. A bordo de la fragata “Villa de Madrid”, Pareja recibe con, aparente tranquilidad, la noticia. Pero, se retira a la recámara y opta por levantarse, de un balazo, la tapa de los sesos.
Asume el mando de la flota el jefe de la “Numancia”, don Casto Méndez Núñez. La Numancia es, a la sazón, uno de los más famosos navíos del mundo. Desplaza siete mil toneladas. Es blindado o acorazado. La travesía que cumple desde Europa para incorporarse a la expedición científica ha sido seguida con el mayor interés por los peritos náuticos de todas partes. Los buques recién adquiridos por el Perú, y que todavía no han llegado, apenas desplazan dos mil toneladas, la Independencia y mil cien el Huáscar.
Méndez Núñez se traza un plan muy simple: primero buscar a la diminuta Escuadra aliada peruano – chilena , que se ha refugiado en los estrechos de Chiloé, y a la que la incorregible ironía limeña llama ya “Armada Invisible”. Segundo, castigar, mediante bombardeo, los puertos de Valparaíso y el Callao , en ese orden.
El encuentro de las escuadras se produce en el estuario de la isla de Abtao. La Escuadra aliada lo es apenas en el nombre. Todos los buques son peruanos – la “Unión”, la “Apurímac” y la “América” – con excepción de la “Covadonga”, recién capturada por los chilenos. Los aliados, al mando del Capitán de Navío peruano Manuel Villar, se defienden con bravura y destreza. Méndez Núñez pone rumbo a Valparaíso. Somete a bloqueo y anuncia con anticipación la fecha del bombardeo: 31 de marzo de 1866. Chile, que carece de medios de defensa, declara plaza abierta a Valparaíso. ¿Representa cobardía, por parte del Almirante español, como pudiera parecer a primera vista, entregarse a un ejercicio de tiro, bombardear a mansalva una ciudad sin defensa?
Una escuadra inglesa y otra norteamericana, apostadas en Valparaíso, previenen a Méndez Núñez para que se abstenga del bombardeo. Pero el fiero Almirante tiene, en tal sentido, instrucciones de su gobierno, y decide atacarlas, pese a quien pesare. En manifiesta inferioridad de condiciones, rechaza la advertencia, y pronuncia la frase inmortal que es resumen del espíritu español, común, por lo demás, a la Madre Patria y a sus hijas de América:
“España prefiere honra sin barcos, que barcos sin honra”
A bordo del navío-almirante, vestido de gala, don Casto Méndez Núñez da, a las 8 en punto de la mañana del 31 de marzo, Sábado Santo, la orden de entrar en acción. “En nombre de su Majestad Católica, Isabel II, que Dios guarde, rompan fuego”.
El bombardeo de Valparaíso es despiadado. El puerto se incendia. Las pérdidas se calculan en más de 15 millones de pesos. Se disparan alrededor de 2,600 bombas y granadas.
El episodio se parece al que ocurrirá, años más tarde, en la guerra del Pacífico, cuando el Almirante francés Du Petit Tours amenace a los chilenos con intervenir en caso de que procedan a incendiar Lima, tal como habían incendiado Chorrillos. La diferencia reside en que los chilenos acatan la recomendación de Du Petit Thouars, a quien la gratitud nacional ha levantado un monumento, y cuyo nombre hemos dado a una de las principales avenidas de Lima.
Ya está Chile castigado. Ahora Méndez Núñez se dispone a castigar al Perú. El 25 de abril de 1866 los barcos españoles fondean frente al Callao, a la vera de la isla de San Lorenzo. Todavía algún diplomático italiano intentará la paz. Pero ni Méndez Núñez estaba dispuesto a enmendar las órdenes que le transmite el gobierno de Madrid, ni el Perú lo estaba a retroceder una pulgada en la defensa de su honor, que es, de paso, el honor del Continente. El combate es inevitable.
Victoria en el Callao
A las nueve de la mañana del 2 de mayo de 1866, la Escuadra española leva anclas y emprende la aproximación hacia el Callao. Siete navíos componen la flota atacante. Avanzan en forma de V. Por la derecha, el acorazado “Numancia” y la fragatas “Almanza” y “Resolución”. Por la izquierda, las fragatas “Villa de Madrid”, “Blanca” y “Verenguela”. Ocupa el vértice o centro de la corbeta “Vencedora”.
De 300 cañones disponen los agresores. Pero sólo pueden utilizar al mismo tiempo la mitad de su poder de fuego, pues los buques disparan de costado.
La consigna de Méndez Núñez es clara: reducir al Callao, acallar la defensa, destruir e incendiar el puerto.
Los barcos se aproximan tanto que los defensores del Callao pueden escuchar, distintamente, las voces de mando y hasta las interjecciones de los Oficiales y Marinos españoles.
El Callao es fuerte de cincuenta cañones. El Secretario de Guerra, José Gálvez, en persona, ha dispuesto la defensa. Por el sur, asoman los cañones de la torre de la Merced, el fuerte de Santa Rosa y las baterías Pichincha e Independencia. Por el lado de la Mar Brava, alrededor de la batería Zepita, se han estacionado unidades del ejército para la eventualidad de un desembarco.
Detrás de los cañones, se galvaniza la voluntad de todo un pueblo. Junto con el plomo, va a vomitar la artillería el sentimiento del honor y el espíritu del sacrificio del país entero. El Perú es agredido. El Perú rechaza la agresión a nombre de América toda. El Perú ratifica y rubrica a sangre y fuego la independencia del Continente.
Elementos allegados al derrocado régimen de Pezet organizan un batallón de voluntarios. Los médicos acuden a los hospitales y puestos de auxilio para atender a los heridos. Los farmacéuticos traen toda clase de remedios. Los sacerdotes están listos para consolar a los moribundos. Las mujeres hilan vendas. Los adolescentes se escapan del colegio a fin de tomar parte en el combate. Alas alturas de Bellavista, ha habido de contener a una multitud que pugna por ingresar a la zona de peligro. Como en el futuro poema de Rubén Darío, las barbas de armiño de los veteranos, de Junín y Ayacucho, de Zepita o de Pichincha, acaso se confunde en los bucles dorados de los niños.
Gálvez prohíbe disparar el primer cañonazo. Quiere que, ante el mundo quede constancia de que el Perú no inició la agresión sino que lo sufre y la contesta. Sólo cuando el blindado “Numancia”, por dos veces haya abierto los fuegos, se responderá el ataque desde la Torre de la Merced, donde Gálvez ejerce el mando. La caballerosidad de Gálvez recuerda las guerras medievales en que, según se cuenta, los franceses antes de entrar en acción decían cortésmente “Aprés vous, messieurs les anglais” (“Después de vosotros, señores ingleses”).
Al tiempo de efectuar el primer disparo, el Secretario de Guerra grita con voz estentórea: “Españoles: aquí os devolvemos el Tratado del 27 de enero”.
Ese es – en tan lacónica proclama de Gálvez – el sentido de la resistencia peruana. El Perú no acepta una paz de compromiso. El Perú no sólo pretendía la recuperación de las islas de Chincha sino que se negaba a admitir cualquier deshonor o menoscabo de su honra que pudiera interpretarse como sumisión o tutela a cargo de la antigua metrópoli.
El combate no tarde en generalizarse. A cada andanada de los españoles, los fuertes y las baterías peruanos contestan con otra. En todas las fortificaciones se despliega la Bandera peruana – “el color blanco y rojo verticales”, que ha dicho Basadre, “nítidos como una cifra, pintorescos como un cuadro, hondos como una oración, emocionantes como un poema” - : y se canta el Himno Nacional. Casi a la hora de iniciadas las acciones una explosión ocurre en la torre de la Merced y perece el Secretario de Guerra. Este Coronel bisoño; este civil por vocación, por convicción y por conducta, muerte e ingresa a la historia como militar a la cabeza de los suyos.
A las 2 de la tarde, se retira la “Villa de Madrid”. Enseguida, la “Berenguela”. A las 2 y media, forman la línea de batalla nada más que la “Numancia”, y la “Resolución, la “Almanza” y la “Vencedora”. A bordo de la “Almanza” se declara incendio. La “Resolución” se retira con averías. Minutos antes de las 5 de la tarde, los españoles dan orden de cesar el fuego. Los navíos agresores se alejan en el horizonte. Los artilleros peruanos disparan hasta que los pierden de vista. Las baterías del Callao no han sido acalladas. Podrían, inclusive , reanudar el combate. Los españoles, en cambio, no están en condiciones de hacerlo. Méndez Núñez no ha alcanzado sus designios. NO ha conseguido destruir el puerto ni incendiar la población. Los críticos señalan que Méndez Núñez hubiera podido intentar otro esquema de aproximación; un ataque oblicuo y lateral en vez de una arremetida frente y al descubierto. Pero el temerario marino ibérico prefiere poner el triunfo en riesgo antes que su reputación de osadía.
En verdad no interesa. Al valor español responde el valor peruano. Una página de gloria y de victoria acaba de ser suscrita por el pueblo del Perú, que el 2 de mayo de 1866 asume intrépidamente la cabal personería de América.
 AUTOR
ENRIQUE CHIRINOS SOTO

2 comentarios:

  1. buen relato y analisis!

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  2. MUY BUEN ANALISIS CRITICO Y CON ORGULLO PERUANO AL ESCRIBIRLO TE FELICITO

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